En este artículo nuestro amigo y vecino Paco Barrera, escritor, poeta y periodista, ofrece su particular homenaje al Cinema Tomares, Cine de Invierno.
El Cine de Invierno fue propiedad de la familia Cansino desde 1957 hasta 2003 (46 años). Posteriormente fue vendido al Ayuntamiento de Tomares.
<< A la memoria de José María Delgado Buiza. Un hombre.
A mi hijo Eduardo.>>
<<Lloraba sin consuelo, apenas era capaz de mirar hacia mis rodillas, que debían sangrar bastante a juzgar por las gasas y algodones que necesitaron en casa para limpiármelas y poder colocar polvos de sulfamida y tinte de yodo.>>
<< Me dolían las rodillas y las manos, pero era feliz. Estaba seguro de haberlo conseguido. Tal vez no calculé bien a última hora y ese fue el motivo de la desgracia, pero sin tener en cuenta el salto desde el olivar del Cercado Grande a la Era del Carmen con el paracaídas de mercancías del ejército que me regaló mi padre, este fue sin duda el vuelo mas conseguido, y sobre todo el mas parecido al que media hora antes del suceso habia podido ver en el Cinema Tomares, en la sesión infantil de un Domingo lluvioso. Era el estreno en Tomares de Superman.
Aunque más tarde comprobé que en un impermeable abierto y los brazos en aspa no vencían la gravedad lo suficiente como para llegar desde la esquina de los colegios hasta la vaquería de Consuelo, es verdad que en las mediciones que hice el día siguiente había sobrevolado unos dos metros y medio sobre aquella cañada real que era mi calle, con poca luz y muchas piedras.
Además de a esta proeza. Cinema Tomares contribuyó a mostrarnos el mundo a todos los tomareños de la misma forma que lo hiciera la Enciclopedia Álvarez, la Breve Ortografía escolar de Bruño o los diarios hablados de Radio Nacional de España.
El corazón de Cinema Tomares es un hombre, pero todos pensamos que es un hombre-niño, seres difíciles de encontrar, como los unicornios, y que suelen darse cada largos periodos, cuando se quiere bendecir un lugar en la tierra.
Rafael, mi querido amigo Rafalín, que así lo conocemos en el pueblo, creció con el cine de la mano de su padre y de Don Antonio Morcillo, maestro de escuela, técnico de radio, aficionado al cine y primer proyectista que tuvo la sala.
Rafalín creció despacio entre rollos de películas, máquinas de rebobinado, pegamentos de empalmes y afiches de Izaro Films. Durante ese tiempo se le inundó el cuerpo con la magia del cine que le llenó la mirada de indios apaches, de duros vaqueros, de gladiadores fornidos, de aventureros intrépidos de cuerpos sensuales como aquel de Silvana Mangano en "Arroz Amargo", que levantaba un coro de silbidos en las filas traseras.
Con dieciocho años Rafalín se hizo cargo del cine de su padre, desde aquellos días contadas veces faltó a las proyecciones. Durante muchos años nos dejó películas inolvidables para aquellos niños que no teníamos más horizonte que las colinas de El Zaudín, los olivares de Coca o los naranjos del Carmen. Rafalín se pasó la mitad de su vida luchando contra aquella chiquillería lista, asombrada, que no dejaba oír un noticiario completo del Nodo, o que se escabullía como culebra de huerta por los servicios del lateral derecho para quedarse a la sesión de mayores.
Cómo nos sorprendían sus películas. Recuerdo cuanto nos extrañó que una niña que se llamaba Marisol, que siempre cantaba en sus películas y que iba al colegio como nosotros, no llevase baby blanco y no tuviese ración de leche en polvo en el recreo.
Rafael, mi amigo Rafalín nunca tuvo a mal gesto para aquella chiquillería, ni siquiera una palabra más elevada que otra. Cuántos viajes hicimos juntos. ¿Recuerdas? A "La Isla Maldita" en las naves de los vikingos con Kirk Douglas. Otras veces viajamos por los cielos del Aljarafe con el mismísimo Superman… Cómo nos dejaste boquiabiertos Rafael cuando proyectaste "Los Diez Mandamientos". Los que estábamos en las primeras filas del cine no pudimos evitar saltar hacia atrás cuando se abrieron las aguas del mar al toque del báculo. "Osquite" Rafalín, no había otra conversación en el recreo del Lunes.
Recuerda conmigo Rafael, recuerda cómo imitábamos a "Los Tres Mosqueteros" en los pasillos de tu sala, mientras tú cambiabas el rollo de la película. Nunca olvidarás aquellas apuestas cuando dabas una de romanos. Paquete grande de pipas a quien tuviese los músculos más parecidos al gladiador de pelos largos de "Quo Vadis".
Y es que Cinema Tomares era el universo, porque el pueblo era nuestro universo, y los Domingos el pueblo entero, en dos o tres sesiones, pasaba por la sala.
Pero Rafael, déjame que te diga que a mí, que corrí entre las butacas de tu cine en polvorientas diligencias de Oregón, que cruce sigiloso tierra de indios Navajos, que combatí en los mares junto a Simbad, que aprendí a soñar en aquel templo de lo ficticio, nada se me quedo tan grabado en el recuerdo como aquel día que me dejaste subir a la sala de proyección y pude asistir al milagro.
Aquel ciclope enorme, con sus patas de hierro, lanzaba por su único ojo un rayo brillantísimo en una estela similar a la cola de uno de esos cometas que aparecen fotografiados en los libros de astronomía de Pepe Caro. Al fin de la estela, en la pantalla, los personajes de la película desataban las carcajadas del patio de butacas, mientras un olor fuerte, casi acido, y un sabor salado, mezcla de pipas y palomitas de maíz, sellaban en mi memoria una de esas experiencias que a veces se rescatan, no sabemos porque, en el sitio más inesperado.
Hace unos años, no recuerdo en que sala de Sevilla, asistí a la proyección de una película italiana, de Giuseppe Tornatore, titulada "Cinema Paradiso". De repente, volví a esa época de adolescencia que ahora recuerdo. Durante dos horas reviví unos años lejanos desde la sala de un cine de pueblo del mezzogiorno italiano. Aunque sin pipas y sin palomitas de maíz sirvieron mis lagrimas para completar aquel sabor salado inolvidable.
Con el paso de los años Cinema Tomares aporto novedades en su decoración y modernizo sus instalaciones. A pesar de todo, el sonido de las películas se sigue reproduciendo hoy en dos viejos, pero fieles, altavoces Marconi. La máquina de proyección es la misma y en el relevo de rollos de película la imagen de foto fija de un niño que duerme, con una leyenda a sus pies que dice "Descanso", sigue invitando a la clientela a consumir en el ambigú que regenta la familia.
En las butacas de Cinema Tomares se ha escrito la vida de mi pueblo y se han sellado los pactos de amor como a toda última fila de cine corresponde. Sin embargo, en ningún cine he podido encontrar una butaca reservada para el médico de la localidad. Don Rafael, que era buen cinéfilo y mejor galeno, a quien tenían reservado sitio en la sala tomareña; según la empresa para localizarle por si llegaba una urgencia. Don Rafael sabía, como buen aficionado, que desde donde mejor se ven las películas es desde el lateral izquierdo de la sala, como ocurre con la vida.>>
Francisco Barrera. "Cinema Tomares" 1999.